SANTERIA EN TIEMPOS DE COVID-19: DERECHOS Y PRÁCTICA, PERCEPCIÓN Y REALIDAD


Ya es casi fin de junio y desde hace casi 15 semanas nuestra familia ha estado en estricto aislamiento a la vez que el COVID-19 continúa causando estragos por los cuatro vientos. Mi pequeña familia está harta del aislamiento social igual que muchos de ustedes lo están.

Nuestras prácticas como oloshas y paleros se nutren de la estrecha relación entre ahijados y otros iniciados. Prosperamos como comunidad gracias a la cercanía de nuestros rituales, disfrutamos del contacto al abrazarnos y saludarnos como iniciados, al postrarnos sobre la estera en señal de respeto al hacer dobalé. Nos llenamos de energía al saludar hueso con hueso en frente de la Nganga.


Somos criaturas apegadas a nuestras costumbres, necesitamos la energía del batá, las altas y fuertes voces del okpwón y el coro llamando a los orishas a la tierra, nos sentimos elevados por la reverberación de los tambores que cursa por nuestro cuerpo electrificándonos.


Extrañamos los igbodús en los días de aniversario de kariosha con sus coloridos adornos, engalanados con las telas más elegantes y embriagantes con la fragancia de frutas frescas. Sin embargo, lo que más extraño es el sentarme a la mesa con mis padrinos y con otros mayores para compartir una buena comida luego de un largo y arduo día de faenas y rituales iniciáticos.


Somos criaturas gregarias hasta el tuétano. Sin embargo, somos al momento rehenes de un microorganismo que no discrimina y que es oportunista y malaya sea si le doy a este estúpido virus la oportunidad de hacerle daño a las personas a las que amo, o a mi comunidad religiosa y mucho menos si permito que se lastime por acto u omisión la imagen de oloshas y paleros.


Está en nuestras manos como individuos el permitir que la razón guie nuestros actos. El permitir que sea la misericordia la que tome precedente como una luz guiándonos en estos días tan oscuros que enfrentamos juntos.


El derecho a practicar nuestra religión


La Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos de Norte América, por medio de la Clausula de Libre Ejercicio da a sus ciudadanos el derecho a practicar su religión. Sin embargo, hay un precedente en el cual el Estado tiene el derecho de interferir. La Corte Suprema es el árbitro en disputas que tengan que ver con el ejercicio de nuestras libertades.


La Cláusula de Libre Ejercicio protege el derecho de los ciudadanos de practicar su religión como les plazca, siempre y tanto que esta práctica no esté en conflicto con la “moral pública” o con un interés gubernamental “convincente”. Por ejemplo, en Prince v. Massachusetts, 321 U.S. 158 (1944), donde la Corte Suprema sostuvo que el estado podía forzar la inoculación de menores cuyos padres no permitieran tal acción por razones religiosas. El Tribunal sostuvo que el estado tenía un interés primordial en proteger la salud y la seguridad pública.

Aquí es donde los oloshas, paleros, vuduistas y practicantes de cualquier otra religión afro descendiente, podemos encontrar tropiezos con la ley como hemos visto recientemente. En casos donde las Iglesias cristianas han insistido en ofrecer servicios en tiempos donde el distanciamiento social es mandatorio. Hay casos donde Iglesias cristianas insistieron en ofrecer servicios cuando se tenía implementado el distanciamiento social. Yo no voy a argüir el caso de las iglesias cristianas, sin embargo, es importante considerar sus pruebas y tribulaciones, así como la aplicación judiciosa y su adhesión a las reglas. Lo que beneficia o perjudica a un grupo religioso, puede impactar los derechos y libertades de cualquier otro grupo religioso.


No voy a presumir que puedo hablar por todo olosha en el estado de Georgia, solo por mi propia familia como mayor que soy. Sin embargo, yo se que muchos en mi comunidad local han optado por practicar de manera privada y evitar grupos grandes. Se han llevado a cabo algunas ceremonias menores en grupos pequeños donde los que oficiaron se han adherido a las reglas de distanciamiento social y usan cobertores faciales como parte de su diario vivir. Yo aplaudo a aquellos que de manera responsable están cumpliendo con compromisos inevitables guiados por sentido común y adhiriéndose a la higiene para evitar darle al COVID-19 la oportunidad de causar más estragos.

Podemos mantenernos en contacto.

Nuestra comunidad se ha hecho resiliente y ha adoptado Teams, Google Hangouts, en vivos de Faceboo y hasta Zoom para reunirse, intercambiar ideas, estudiar en grupo y mantenerse conectados para hasta apoyar activismo contra injusticia social.


Lo que me preocupa grandemente es aquellos que continúan su vida normal llevando a cabo batás, aniversarios, iniciaciones y otros eventos comunitarios como si el COVID-19 no existiera. Si el COVID-19 es una prueba de nuestro carácter colectivo, entonces, algunos oloshas y paleros están fallando miserablemente.


Yo creo en el poder de los Orishas y de los Nkisis y en el poder del ebbó como profiláctico para muchas condiciones. Sin embargo, yo no creo que hay un ebbó lo suficientemente fuerte como para protegernos de la estupidez y de la falta de sentido común. Existen razones por las cuales el Osogbo es mayor que el Iré y eso es sencillo de ver: el osogbo es diligente y prolífico. El COVID-19 es un osogbo de proporciones gigantescas.


El Poder de Uno


Sólo hace falta un caso de un evento comunitario de oloshas o de paleros donde las reglas de distanciamiento social no se observen y donde la gente no use cobertores faciales o cubre bocas para que personas se enfermen. ¿Entonces qué va a pasar? Se empezará a seguir los casos hasta determinar el vector de contagio en el susodicho evento y lo que hace falta es un reportero diligente para darse cuenta que fue debido a un evento con santeros o paleros lo que dio pie a gente enferma con COVID-19. Imagínense los encabezados:


“Tambor de Santería se convierte en foco de infección en Houston; 25 personas en cuidado intensivo”


“Ritual con sacrificio de animales en Miami resulta en 7 niños y 39 adultos contagiados con COVID-19”


“L.A. en shock; ritual de Palo donde se encontraron restos humanos resulta en infecciones de COVID-19”


No, los encabezados ni son exagerados ni sensacionalistas. ¿Piensa que los medios van a tomar el lado de los oloshas o de los paleros y van a defender sus derechos a la práctica religiosa? No. Los medios existen para excitar el morbo público y seguramente darán color y representarán nuestras prácticas como irresponsables, salvajes, barbáricas y sedientas de sangre.


Todos sabemos que a los santeros se nos identifica de inmediato con el sacrificio de animales. Por supuesto, si la iglesia Church of the Lukumi Babalú Ayé vs. la Ciudad de Hialeah llevó a la nuestra comunidad hasta la Corte Suprema para defender nuestros derechos. La Corte Suprema afirmó el principio que las leyes que discriminan contra religiones violan la cláusula de libre ejercicio de la Primera Enmienda.


También sabemos que los Nfumbis son parte de las prácticas de Palo. ¿Necesito añadir algo más para soslayar los riesgos? Imagínense si allanan un munansó. ¿Cómo salir de esa encrucijada? Esa es la clase de material que un reportero intrépido con ganas de llegar a la fama a costillas de otros usaría. Y esos otros seríamos nosotros.


La realidad es que en los tiempos que vivimos con el COVID-19, los medios van a ir a la yugular. No estoy vilificando a los medios, estoy siendo simplemente escueta. Esa clase de noticias se vende sola. Si las prácticas de un grupo son sujetas al escrutinio público, a masas que no necesariamente simpatizan con nuestras religiones, particularmente al ser afro descendientes, todos vamos a salir perdiendo.


¿Cuál es nuestra realidad?


Tengan en cuenta que la percepción, en tiempos de comunicaciones instantáneas y masivas, es realidad.


Con gran humildad les pido, les insto y les imploro mis queridos hermanos y hermanas oloshas y paleros que sean judiciosos. Permitan que sus actos se guíen por la lógica, el cuidado y la preocupación por sus hermanos y hermanas. Adhiéranse a las reglas gubernamentales locales y busquen el proteger la salud y el bienestar público al usar cobertores faciales. Si su gobierno local no apoya el uso de cobertores faciales o de distanciamiento social, usted puede implementar ambas cosas en su congregación como persona religiosa responsable que debe ser. Olvídensen de las líneas partidistas. Permítame recalcar este punto, el virus COVID-19 es un osogbo de proporción mayor y al virus no le importa su creencia política ni su libertad religiosa. Al virus lo que le importa es mantenerse vivo y replicarse a un costo enorme para cada ser humano.


Tenga misericordia y permítase errar de lado de la precaución. ¿Necesita llevar a cabo un bembé justamente en este momento? ¿Sería posible mover la fecha de una iniciación para más tarde cuando haya amainado el peligro? Yo le aseguro, que, si el ritual es para los muertos y con los muertos, ellos van a entender la necesidad de hacerlo en otro momento oportuno. Ellos no tienen prisa, ya están del otro lado y libre de las urgencias de la carne, libres de su ser mortal.


¿Quiere usted hacerse responsable de las vidas de mayores que son más frágiles ante este virus? Puede que no vayan a su evento, pero la gente que va al mismo bien les puede llevar el virus directo a sus hogares.


Piense cuidadosamente que está invitando osogbo a su vida, que está abriendo las puertas de su ilé o de su munansó al COVID-19. Piense en el privilegio que disfruta de libertad religiosa aun si enfrentamos gran intolerancia contra afro descendientes, y, por ende, para con sus religiones. Considere cuidadosamente que las libertades van de la mano de responsabilidades. Le debemos a esos que vinieron antes de nosotros y quienes pelearon por defender la libertad de nuestras comunidades, el ser judiciosos y responsables y cerrarle en la cara las puertas al COVID-19.


Omimelli

Oní Yemayá Achagba

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