Los gatos: una amenaza para los espiritistas y sus bóvedas


A well behaved kitty...sometimes.

Espíritus, espíritus por doquier…


Hay muchas fuerzas misteriosas laborando arduamente en el mundo que desconocemos. Algunos parecen disfrutar especialmente creando obstáculos, contratiempos y creando en general puro caos. Su objetivo parece estar orientado a obstruir el progreso en nuestras vidas espirituales y mundanas.

Por lo que podemos evidenciar en relatos de otras culturas, parece que hay clases de entidades como los duendes, las hadas, llámalas como quieras, que son espíritus maliciosos que engañándonos fastidian la existencia de muchos. Hace tiempo que estoy convencido de que existe una instancia específica de dónde estos espíritus toman la forma material para llevar a cabo actos de maldad de manera más efectiva en el plano material. Estoy hablando aquí del temido Felis domesticus: el gato doméstico común.

Esta entidad quizás sea la mayor amenaza tanto para su cordura como para el espacio espiritual santificado conocido como bóveda espiritual. Inexplicablemente, estas criaturas se sienten atraídas por los santuarios, primero simplemente para investigar, luego para regresar a causar estragos.

Tal vez el gato se ha cansado de beber ese manjar de manjares, ese néctar divino (al menos en el universo de los gatos) el agua de la taza del inodoro. Ahora las cosas son diferentes. Tienen su elección de aguas: con entre 7 y 9 copas relucientes de agua cristalina. Tal vez sea esa fuente en el centro de la bóveda que le tienta y llama con su agua perfumada. Es ahí donde va a sumergir delicadamente su pata, que luego retira y procede a olfatear curiosamente. ¿Qué adorable dices?
Not so innocent, are you kitty cat?

Bueno, no hace cinco minutos, la bestia peluda estaba en la caja para hacer necesidades, paleando con sus lindas patitas la arena que apestaba a su última obra maestra. Antes de eso, estaba mutilando juguetonamente una rata asquerosamente grande y grotesca. ¿Me olvidé de mencionar que ahora la rata se encuentra ahora en cinco pedazos desparramada por el patio? Después de aburrirse con este esfuerzo, se ha trasladado a pastos más verdes y frescos.


Ahora tu gatito "adorable" está sumergiendo su pata en el agua lustral de una de las copas de tu bóveda, donde tú sin sospechar su hazaña irás pronto a hacer tu limpieza y oraciones diarias.

Además de violar tu espacio ritual, también los felinos son una amenaza potencial de destrucción física.


¿Esa copa fina de cristal antiguo que dedicaste a tu querido abuelo o tu guía espiritual? Quedó hecha trizas en un instante; víctima del capricho del pequeño diablo. Sin haber quedado satisfecho con romper una copa, ahora su deleite está en voltear con su linda pata peluda otra copa y empujarla para ver como rueda y se estrella en el piso. Luego están las pequeñas roturas "accidentales" que ocurren. El gato se desliza despreocupadamente en medio de las copas, finge no darse cuenta de que él o ella está precariamente cerca. Luego, el desastre y una mirada de "Uy yo no fuí" trata de enmascarar su alegría interna. Entonces hay una gran catástrofe. El gato que está sobre su bóveda se percata de algo en movimiento en algún lugar del suelo. Sea un ratón, un insecto o una bola de polvo arrastrada por la brisa. En un instante, el gato salta, pero no antes de chocar torpemente por todo en la bóveda. Es cosa de segundos y si por casualidad llegaste en ese momento y vez todo pasar, será como si este evento parecerá transpirar en cámara lenta, todo el contenido de la mesa caerá al suelo estallando en una explosiva lluvia de vidrio. Hasta ahí llegó tu bóveda, destruida mientras el gato te mira con ojitos inocentes.


Los gatos también constituyen una amenaza devocional. No hay cosa que perturbe más las prácticas contemplativas y las oraciones en la bóveda que las casuales “aportaciones”, y no de evidencias espirituales, que los gatos dejan de vez en cuando. Puede ser que te encuentres pelos de gato o una de esas bolas de pelo que alborotosamente vomitan en una de tus copas o hasta en tu fuente. Peor aún, no hay nada que perturbe más el entorno espiritual que el fuerte olor a orina de gato. Si es que le dio con dejarte un charquito oculto bajo el mantel de tu mesa blanca.

Los que tienen gatos están familiarizados con la antigua "táctica de la cena". La bestia puede estar dormida en el trasfondo de tu habitación y no bien comienzas tus oraciones cuando sorprendentemente, el gato se ha materializado repentinamente a tus pies con gritos incesantes de "aliméntame ahora". Entonces puedes elegir ignorar esto y obstinadamente hacer tus oraciones a pesar de esta distracción. El pequeño salvaje arrogante no se va a conformar con ser ignorado. Simplemente aumentará el volumen unos cuantas octavas hasta que el maullido sean chillidos estridentes. ¿Alguna vez te has preguntado qué dice tu gato en pequeños intercambios como este? Te ayudaré a traducir, porque como verás, soy un experto en esta clase de asuntos. El verdadero contenido de sus mensajes, sin duda, va como sigue: “Hola, estúpido bruto. Estas sordo ¡Dije que tenía hambre! Date prisa tarado. ¡Caramba! ¿Qué pasa con los sirvientes? ¡Aliméntame ahora!". Nada, que con ese alboroto se corta el fluido.

Up to no good...

Pero ahí no para la cosa. Faltan los verdaderos horrores. Permítanme compartir algo de mi propia experiencia e ilustrar lo que pueden esperar los incautos. Un día bajé las escaleras para comenzar mi trabajo en mi bóveda. Inmediatamente me llamó la atención el olor más peculiar. Hmmm, encendí la luz y mi corazón se encogió de horror. Allí, en el suelo, directamente debajo de la mesa, uno de mis gatos había dejado el objeto más inquietante: un montón grande y gordo de vaporosa mierda. Se me pararon los pelos de la nuca y sentí que me estaban observando. Con una sensación de pesadez en la boca del estómago me voltee a ver que el cochino gato estaba mirándome con odio y de los ojos salían chispas infernales. "¡¡¡Gato malo!!!" Grité. Ni parpadeó. Luego hice la violación más atroz de "catiquette" (etiqueta de gato) imaginable. Le apunté con el dedo. En respuesta, hizo un gesto grosero y gruñó "¡vete al infierno!" (Estoy bastante familiarizado con la semiótica felina, como se habrá dado cuenta). Para agregar insulto a la lesión, descubrí rápidamente que el gato había rociado las estatuas representando a mis guías espirituales nativos americanos con grandes cantidades de orina de gato. Luego dio una mirada que indicaba que estaba bastante orgulloso de su trabajo como si fuera una artista que había trabajado mucho durante toda la noche para parir su obra maestra. Este momento reveló sus grandes esfuerzos. Yo había perdido esta ronda de la batalla. No me quedó otro remedio que empezar a limpiar y a desodorizar cada objeto en el santuario sintiendo que tenía un gran peso en mi corazón.

Fue ahí cuando tomé la decisión de desmantelar con cuidado mi bóveda y restablecer el altar en otra habitación, una que tenía puerta y cerradura. El gato se sentó y me miró mientras hacía esta tarea. Me miró fijamente mientras yo cerraba la puerta, quitándole la tentación de tener un segundo inodoro. En la mente de los gatos, esto es una afrenta inimaginable, un insulto que no podía quedar sin respuesta. El continuó mirándome, esta vez con pura rabia y un odio sin tapujos. "Veremos quién juega la última mano", la escuché murmurar en lenguaje de gato.

Aproximadamente una hora más tarde comencé los preparativos para cocinar y servir la comida de mi familia. Comencé a sentirme incómodo, pero por más que lo intenté, no pude localizar la fuente de mi inquietud. Luego, por encima de mi hombro izquierdo, vi al susodicho gato, mirándome con resentimiento mientras que con rapidez y gran facilidad pujó varias impresionantes "obras de arte" sobre la alfombra de la cocina. Unos cuantos rasguños rápidos en la alfombra y salió corriendo por la puerta trasera abierta, pero no antes de darme una mirada que podría descifrar fácilmente: "Puedes ir a comer mierda", fue lo que dijo. Luego hice una pausa para reflexionar sobre ese viejo adagio "la venganza es un plato que se sirve frío". Excepto, en este caso, se sirvió la temperatura corporal. Nuevamente mientras limpiaba el reguero, comencé a reflexionar sobre las lecciones ofrecidas por los eventos del día: tal vez es hora de conseguir un perro que me dije.

Elefunké, Olo Obatalá


Nota de la editora:

Este artículo fue publicado originalmente en mi blog themysticcup en el 2001.

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